Hacia el desarrollo y la plenitud.

Los seres humanos somos seres emocionales. Es verdad que la razón nos distingue de los animales, pero esa maravillosa capacidad intelectual no nos exime de la vorágine de sensaciones y sentimientos que, muchas veces, se apoderan de nuestra vida. A veces todo lo contrario, nuestra mente nos plantea mil juegos que nos confunden, nos generan ansiedad y hasta nos paralizan a la hora de actuar.

Acallar la mente no significa dejar de pensar, sino aprender a utilizar su poderosa facultad para potenciarnos desde el sentir e ir por lo que deseamos para nuestra vida.

Cuando aprendemos a reconocer y aceptar nuestras emociones se nos abre un camino nuevo, lleno de posibilidades que nos facilita relacionarnos sincera y auténticamente con nosotros mismos y con los demás. Por ejemplo, muchas veces un enojo esconde una tristeza profunda, y otras, un gran temor que no podemos manejar. Si nos mantenemos largo tiempo con ese enojo sin conocer lo que esconde detrás, experimentaremos malestares (físico o psíquicos) que nos limitarán para avanzar hacia nuestros deseos profundos.

Hacer una pausa para escucharnos internamente nos ayuda a resignificar creencias y nos vuelve más flexibles para comunicarnos y actuar sin autoengaños. 

Los espacios terapéuticos desde la escucha real y profunda del profesional que acompaña, posibilitan tomar contacto con lo que sentimos realmente para encontrar respuestas propias que nos ayuden a resolver nuestros problemas y malestares. Nos permiten adueñarnos de lo que nos pasa y volvernos capaces de encontrar las soluciones para aquello que nos aqueja, siendo fieles a nosotros mismos y a nuestras propias capacidades.


En pocas palabras, cuando logramos que cuerpo, mente y emociones estén en sintonía, nos sentimos aliviados y capaces de desarrollarnos plenamente como personas.


Comentarios

Entradas populares